Una ciudad que cabe en un padrón
El siglo XVIII de Estepona no lo conocemos por grandes batallas ni por obras monumentales. Lo conocemos por los registros de lo cotidiano: el padrón de vecinos, el censo de actividades, las actas de las hermandades. Manuel Sánchez Bracho recuperó esos datos y con ellos construyó el retrato más detallado que tenemos de cómo vivía Estepona antes de que el turismo la reinventara.
El resultado es un pueblo de tamaño humano. Una escala en la que los vecinos se conocen por nombre —y muchas veces por apodo—, en la que la economía es local y directa, y en la que la vida social gira alrededor de las hermandades, la pesca y la agricultura.
124 pescadores con jábegas
La pesca era la actividad económica principal para una parte importante de la población. El dato del censo es preciso: 124 pescadores que faenaban con jábegas, las embarcaciones tradicionales del Mediterráneo —largas, planas, con remos y vela latina— diseñadas específicamente para las condiciones del litoral andaluz.
No es una estimación. Es un número de padrón. Eso significa que había 124 familias cuya vida dependía del mar, de sus temporadas, de su generosidad o su dureza. La pesca en el siglo XVIII no era una experiencia gastronómica: era el modo de sustento de una parte sustancial de la ciudad.
“124 pescadores censados. No una imagen romántica del mar. Un modo de vida.”
El campo: viñas, olivos y un lagar en cada casa
La economía no era solo marinera. El término municipal producía viña, olivo y cereales. Y en cada casa de campo había un lagar: la producción de vino y aceite era parte de la economía doméstica, no solo de grandes propietarios.
Este detalle —el lagar en cada casa de campo— da una imagen muy concreta de cómo funcionaba la economía local. No había grandes latifundios o, al menos, no eran el único modelo. La producción estaba distribuida entre muchas familias que procesaban sus propias cosechas.
Los apodos y el apellido que volvió
En el padrón de la época, los vecinos aparecen identificados muchas veces por sus apodos, no solo por sus apellidos. Es un detalle que habla de una comunidad pequeña donde el nombre oficial era secundario respecto al nombre real con el que todos te conocían.
También hay un dato de continuidad histórica notable: el apellido Bracho —que es el apellido del propio Manuel Sánchez Bracho, el historiador que recuperó esta historia— figura entre los primeros repobladores de Estepona en 1502, junto al apellido Reynoso. La historia local a veces tiene esa capacidad de cerrarse en círculo.
Fuente
Manuel Sánchez Bracho, Encuentro con Estepona, 1984