Una costa que no dormía
El litoral de Estepona en el siglo XVI no se parecía en nada al que existe hoy. No había paseo marítimo, ni chiringuitos, ni turismo. Había un mar que podía traer peligro en cualquier momento: los corsarios berberiscos asaltaban embarcaciones y aldeas costeras con frecuencia. Los vecinos que vivían cerca del mar lo sabían.
La respuesta fue un sistema de vigilancia distribuido a lo largo de la costa: una red de torres desde las que se podía avisar a los pueblos del interior. La señal era una hoguera. Cuando una torre la encendía, la siguiente la repetía. En minutos, toda la costa estaba avisada.
Siete torres en 21 kilómetros
Estepona conserva siete torres almenaras distribuidas por sus 21 kilómetros de litoral. Son de origen diverso: algunas fueron construidas por los castellanos después de la Reconquista, otras aprovechaban estructuras más antiguas de origen árabe. Todas respondían a la misma función: ver, avisar, proteger.
No están conectadas por ningún itinerario señalizado. El que quiere encontrarlas tiene que buscarlas. Eso les da un carácter de descubrimiento que las distingue de los monumentos habituales. Están ahí desde hace quinientos años, sin cartel que las explique.
El Castillo el Nicio: el monumento que nadie visita
Entre todas las torres, destaca una que no está en el litoral sino en el interior: el Castillo el Nicio, en el Padrón Alto, a 340 metros sobre el nivel del mar. Es de origen árabe, del siglo IX, y fue conquistado por las tropas emirales en el año 923. Manuel Sánchez Bracho lo describe como "el monumento histórico menos visitado, menos estudiado y menos conocido de la provincia de Málaga."
Esa singularidad — ser el lugar que nadie conoce — es también una razón para visitarlo. Está a unos siete kilómetros del centro de Estepona.
Un sistema que funcionó durante siglos
Las torres almenaras no son solo un vestigio arqueológico. Son la evidencia de que Estepona fue durante siglos una ciudad de frontera: entre el mar y la tierra, entre el mundo cristiano y el islámico, entre la paz y el peligro. Esa condición moldeó la forma en que sus habitantes vivían y organizaban el territorio.
El médico que vivió en Estepona en el siglo XVII —el Licenciado Murillo— embarcó hacia Málaga y fue capturado por un corsario berberisco. Pasó trece años en Argel. Las torres no lo salvaron. Pero la historia existe porque existían las torres, y porque la costa de Estepona era ese tipo de lugar: vivo, arriesgado, vigilado.
Fuente
Encuentro con Estepona — Manuel Sánchez Bracho, 1984