Cuatro nombres para una sola plaza
La Plaza de las Flores se ha llamado de cuatro maneras distintas antes de tener el nombre que tiene ahora. En el siglo XVIII era Plaza Nueva. En los períodos liberales del siglo XIX se llamó Plaza de la Constitución. Cuando volvía el absolutismo, Plaza Real. El nombre cambiaba con cada cambio de poder: la plaza era literalmente el escenario físico del debate constitucional de la época.
El nombre actual — Plaza de las Flores — viene de la tradición de macetas en balcones y fachadas que el Ayuntamiento ha premiado desde los años 60. Es el nombre más neutro de todos, y también el más duradero. Pero en el suelo de esa plaza están enterrados todos los anteriores: cada nombre que tuvo dice algo de la ciudad que fue.
La Casa de las Tejerinas, que cierra el extremo norte de la plaza con su fachada del siglo XV, lleva ahí desde antes de que la plaza tuviera ninguno de esos nombres. Es uno de los pocos edificios del casco que ha visto todos los ciclos.
El aljibe del siglo XIV bajo la calle
Bajo la Casa del Aljibe hay un depósito de agua de origen nazarí, construido en el siglo XIV, con planta rectangular y bóveda de medio cañón. El edificio lo construyeron encima en el siglo XVIII. El Ayuntamiento lo adquirió en 1853 para usarlo como Casa Consistorial. En 1944, una reforma le dio la configuración actual.
El aljibe da nombre al edificio desde antiguo, antes de que nadie lo convirtiera en museo. Cuando se redescubrió en el subsuelo del patio, no era una sorpresa: era la confirmación de algo que la toponimia ya guardaba.
Hoy el edificio alberga el Museo Arqueológico Municipal con piezas desde el Neolítico hasta la época romana tardía. Es uno de los museos más pequeños de la Costa del Sol. En media hora se recorre milenios de historia de la zona sin saturación y sin entrada cara. El aljibe del siglo XIV sigue ahí, intacto, como prueba de que el casco tiene más capas de las que se ven.
Antes de la iglesia, había un bosque
En 1400, el lugar donde hoy se levanta la Iglesia de los Remedios estaba cubierto por un pinar. Tres siglos después, los Franciscanos construyeron aquí un convento entre 1725 y 1766. La fachada de piedra que hoy se ve data de 1772. La desamortización de Mendizábal en 1835 transformó el convento en uso público.
Lo que quedó es la iglesia barroca tardía con las dos torres que hoy son el referente visual del casco. Lo que desapareció es el bosque, y también la memoria de que fue un bosque. El nombre de 'los Remedios' viene de la advocación mariana, no del paisaje que había antes.
Esa superposición es la norma en el casco de Estepona: lo que el visitante ve es siempre la última capa. Las anteriores están ahí, pero no tienen cartel.
Calles con nombre: Murillo, Caridad
La Calle Murillo lleva el nombre del Licenciado Murillo, un médico que ejerció en Estepona y Marbella en el siglo XVII. Embarcó hacia Málaga cuando terminó de tratar una epidemia, fue interceptado por un corsario berberisco y pasó trece años preso en Argel. Desde el cautiverio, curó a los enfermos durante tres epidemias que asolaron la ciudad.
El historiador Manuel Sánchez Bracho escribe que el nombre de la calle se puso en honor a ese médico. No hay placa que lo explique. Quien pasa por ahí no tiene modo de saber que hay una historia detrás.
La Calle Caridad tiene otra capa de memoria: en ella vivió la familia Mena Arce, cuatro generaciones de médicos en el mismo número 125, desde 1897 hasta al menos 2006. Y fue en esa misma calle donde el Ayuntamiento permutó en 1973 un solar municipal por terreno privado. Los nuevos propietarios levantaron un muro. Los vecinos lo llamaron 'el muro de la vergüenza'. Cayó en enero de 1976.
Nota editorial: La historia del Licenciado Murillo es la única fuente de Manuel Sánchez Bracho (1984). No hay documentación secundaria que confirme el vínculo entre el nombre de la calle y el médico.
El Calvario: de lazareto a parque
El Parque El Calvario ocupa el espacio donde en 1818 se construyó la Ermita del Calvario. Su origen estaba ligado al cuidado de enfermos: era un espacio de atención y reclusión fuera del núcleo urbano, como era habitual con los enfermos de lepra en la época. Lo que fue un lazareto es hoy un parque.
En ese mismo parque, inaugurado en 2001, hay una estatua de Juana Luna — la partera que recorrió Estepona en Vespa cuando casi ninguna mujer conducía. Dos historias de cuidado en el mismo espacio: la del siglo XIX y la del XX.
No es casualidad ni planificación: es la forma en que el casco acumula. Los espacios cambian de función, los edificios cambian de uso, los nombres cambian con el poder. Pero algo queda siempre: una capa, un aljibe, una calle, una placa sin explicación. El visitante que quiere entender el casco histórico de Estepona tiene que aprender a leer en capas.
Fuente
Manuel Sánchez Bracho, Encuentro con Estepona, 1984 / InfoEstepona, 2006 / turismo.estepona.es