Una niña que bailaba en Washington
Deloris Perlmutter empezó a bailar de niña en un barrio humilde de Washington D. C. —su padre era camionero, su madre ama de casa— sin ninguna relación previa con las artes escénicas: fue ver a una amiga enseñar unos pasos de ballet lo que despertó su interés, recordaría después. Sus padres reunieron como pudieron el dinero de las primeras clases y, con catorce años, ganó una beca de verano en la New York City Ballet School; con diecisiete, ya instalada en Nueva York, entró también, con otra beca completa, en la escuela de la coreógrafa afroamericana Katherine Dunham, que había introducido la danza afrocubana y haitiana en los escenarios académicos de Estados Unidos y que —a diferencia de las escuelas de ballet clásico, entonces prácticamente cerradas a los bailarines negros— formaba a sus alumnas también como intérpretes.
Fue en la escuela de Dunham donde, con diecinueve años, Perlmutter dio el que ella misma describe como uno de los pasos más importantes de su carrera: un espectáculo de danza e improvisación junto al trompetista Miles Davis, en el que los bailarines proponían movimientos y los músicos respondían en directo con la melodía. La temporada se prolongó cinco meses. Fue su única actuación sobre un escenario estadounidense: el resto de su carrera transcurriría a miles de kilómetros de casa.